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#EINCine Citizen Kane, el monumento del ego

  • 14 may 2015
  • 3 Min. de lectura

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Octubre 31 de 1938. La gente atenta al exitoso programa de radiodrama The Mercury Theatre On Air1, sin preámbulo alguno se enuncia la llegada de seres de otro mundo. ¡Colonizadores! ¡Conquistadores de la raza humana! ¡Irrumpen la paz del orbe con sus máquinas infernales!


Hay pánico colectivo, paranoia, rezos en masa, algunos intentan suicidarse ¡Todo es confusión!


El lento tráfico de información arrastra a Estados Unidos a una psicosis social ¿Qué pasará después? Es la pregunta que gritan los radioescuchas en esta noche de Halloween.


Una hora después de tal frenesí se enuncia que todo era una farsa… o más bien dicho, una adaptación… una transformación… una metamorfosis que llevó una de las novelas definitorias del siglo XX a la “realidad”.


El grupo de actores de la compañía de teatro Mercury adaptó La Guerra de los Mundos de H.G. Wells bajo la dirección de un joven talentoso, llamado Orson Welles.


¿Pero quién es Orson Welles? En 1938 no era nadie, y aún así, RKO Pictures le dio un contrato al jovenzuelo creyendo que tendría otro talento anclado a su industria. Sin embargo Welles tuvo el descaro de hacer arte y enfrentarla.


Para entender un poco más la osadía de Welles situémonos en la época dorada de Hollywood donde los dueños –tanto monetaria como “creativamente”- de los filmes eran los productores. Donde los directores, editores y fotógrafos fungían como trabajadores en lugar de artistas y donde las estrellas - definidas más por su físico que por su talento- eran las protagonistas de los filmes. Hoy en día la estela de esta forma de producción sigue vigente.


Así que cuando Orson Welles le dijo a RKO Pictures (perteneciente a la elite de los Big Five) que haría su película con artistas en la fotografía y en la edición, sin estrellas, si no con actores de teatro, y que sería dirigidio, producido y protagonizado por el mismo, se le tildo de ingenuo.


Welles no desistió y consiguió esas condiciones y más, hasta tener el derecho sobre el ansiado corte final3 (un “derecho divino” que sólo tenían los productores).


En 1940 Welles desarrolló el guión junto con Herman Mankiewicz de lo que sería su primer largometraje: Citizen Kane.


Citizen Kane nos narra el interés de un periodista sobre las últimas palabras que el magnate Charles Foster Kane pronunció antes de morir.


Welles es el mismísimo Charles Foster Kane, un hombre cínico, voraz y ambicioso, generoso y carismático, egocéntrico y totalitario que desde su juventud desea llegar a la cima. Adoptado, siendo un niño, por un banquero bienintencionado para tener una mejor educación, y que su talento no fuese malgastado por la pobre educación que su familia le proveería.


Más allá de su talento como histrión, Welles demostró ser un director efectivo y sustancioso, apoyado por una edición magistral y una de las mejores fotografías en la historia del cine.


Welles nos muestra a este hombre tan egocéntrico como para creer ser el salvador del obrero, tan ingenuo como para creer que todos lo aman, tan valiente como para intentar las cosas una y otra vez. Un hombre de propia doctrina, la doctrina de la verdad, su verdad. Un hombre que después de ser devorado por esa bestia llamada Éxito, se ocultó en su fuerte, en su Xanadu4, como el viejo emperador en su domo de placer. Tan sólo que este hombre… Charles Foster Kane… el ciudadano Kane ya no tenía imperio.


El cínico Kane murió e hizo su última broma: ROSEBUD. Quizás nadie sepa que es, o quizás no sea nada pero si Kane lo dijo, el mundo querrá saberlo.


El filme tuvo su premier el 1 de Mayo de 1941 en el Radio City Hall siendo un fracaso comercial al grado de no recuperar su inversión. La crítica especializada tuvo tibias y desinteresada criticas para la opera prima de Welles.


Tiempo después, en 1956, Jean Paul Sartre comenzó una campaña para valorizar y dar el lugar merecido al filme. Desde ese año y hasta este nuevo siglo, Citizen Kane ha sido considerado por muchos como el mejor filme hecho en la historia del cine de EUA.


Ya sea por los afilados diálogos y la innovadora estructura narrativa de Mankiewicz, las grandes actuaciones de Welles y sus compañeros del teatro Mercury, la soberbia dirección, la exacta edición de Robert Wise, la tremenda música de Bernard Herrman, la revolucionaría fotografía de Gregg Toland o por la valentía de Welles para enfrentar a un gigante, por eso y más Citizen Kane se erige como una obra maestra del cine mundial.




 
 
 

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