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La Secta de La Soledad

  • 22 abr 2014
  • 3 Min. de lectura

MÁS ALLA DEL MURO DE LOS SUEÑOS

Por: Brianda García Santos


Mi vida no ha sido la misma desde que me enteré que el maestro murió.


Siento un terrible vacío, un terror espeluznante, de sólo pensar ¿Qué será de las letras del nuevo siglo después de la partida de García Márquez? Uno de los más grandes de la literatura universal. El último de los grandes.Don Gabo, mi tío; cómo tiernamente solía decirme mi mamá cuando le dije que quiero dedicarle mi vida a lo mismo que él: Las letras.


Esas malditas letras que taladran la cabeza, pero que atormentan para plasmarlas, para no escaparse de ser pintadas en papel que, a fin de cuentas, se degradará, pero que por generaciones, ellas pueden permanecer en el ordenador, disponibles para descargar y para seguir perturbando generaciones venideras.


Las letras. Esa terrible vocación condenada que produce insomnio, deshidratación y quien sabe cuántas enfermedades mentales.


Esas cabronas que juegan malas y horribles bromas tras noches y noches de no dormir, y que cuando están a punto de ser plasmadas, de pasar a la inmortalidad, se esconden en lo más recóndito del cerebro. Mientras ellas son víctimas de un ataque de pánico escénico, uno es víctima de un ataque pre esquizofrénico ocasionado por su terrible maldad, puesto que, por más que se buscan, ya no están en donde tanto tiempo hablaban, brincaban y hacían de todo para salir al papel, o a la pantalla, apareciendo cuando quieren.


Esas letras que al maestro atormentaban desde la crianza, mediante las historias de su abuela, la de sus padres y las de su pueblo.Desde siempre he pensado que leer a García Márquez es algo sectario y no en sentido de exclusión, sino en la complicidad que une a cada uno de los lectores.


La secta de la soledad se ha forjado a través de la majestuosidad de la magia de su realismo, y su simbología que es la marca más fiel de la secta.Sin duda alguna, cuando escuchamos la palabra estirpe, o el apellido Buendía, a nuestra mente llegan esos pasajes de Cien años de soledad (Junto con sus hermosos paisajes), produciéndonos una enorme nostalgia que termina de petrificarse viendo el pedestal en donde ha sido colocada la urna fúnebre, con las cenizas del maestro, rodeada de flores amarillas.


La eterna confusión entre Aurelianos y José Arcadios, las mariposas, la música, Úrsula Iguarán, Remedios Moscote y la enorme exageración de Gabo al justificar la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios, la Bella, sólo por su incomparable belleza; el Coronel Aureliano Buendía, impregnado de toda la esencia del escritor, junto a su padre José Arcadio, fundador del pueblo y muerto en Macondo, el mítico lugar en donde después de la muerte de José Arcadio Buendía, caen flores amarillas y las mariposas del mismo color persiguen a Mauricio Babilonia.


Donde las advertencias de la cola de cochino, por el incesto pasan desapercibidas. Macondo, el lugar más bello del mundo de la literatura en habla hispana. La soledad a la que las estirpes están condenadas cien años, las hormigas llevando al último de los Buendía en un ventarrón que ha desaparecido al pueblo, y que es capaz de mantener despierto a cualquier fanático con aires de escritor a las tres de la mañana, sufriendo en carne propia la plena destrucción, viviendo las imágenes saliendo de las páginas del libro, provocando un intenso frío y una gran consternación en el fondo de las entrañas, que traumatizan de por vida.


Todo esto, entre otros símbolos más, forman parte de algo que sólo quienes han sido bendecidos con las hermosas historias de la Familia Buendía, pueden entender. Sólo la secta de la soledad; quienes hayan leído y entendido al maestro, son capaces de sentir su muerte, de sufrirla y de llorarla.


El autor del cataclismo en el pueblo que originalmente se llamara Aracataca, ubicado en Colombia ha muerto.


¡Señores, ha muerto el último de los gigantes! ¡Quien nos dijo que podemos sacar magia de la realidad en las letras! ¡Quien huyó de su patria y pasó sus últimos años en nuestro país! ¡El último de los Buendía! ¡El premio Nobel, condenándonos a la soledad! ¡Ha muerto, ha muerto!


Y como el Dios que fue en sus libros, tuvo que morir justo en semana santa (en jueves, cómo Úrsula Iguarán) con la diferencia de que él no resucitará en cuerpo y alma, él se quedará con nosotros en sus textos y en las mentes, y en las memorias de la secta de la soledad, que lo recordará por siempre a pesar de no tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

 
 
 

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