Los Colores de Kurosawa (Primera Parte)
- 19 abr 2014
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ENTRE ODISEAS Y MENTIRAS
Los Colores de Kurosawa (Primera Parte)
Por: Alfonso Mimbrera
“Cuando terminé de escribir el guión de Kagemusha, lo mostré a varios estudios pero a ninguno le interesó. Aunque la idea de no filmar la película me parecía insoportable, y con las esperanzas perdidas, quería que la gente viera las imágenes que tenía en la mente por más que no llegarán a plasmarse en una película. Por eso decidí dibujar esas imágenes. En poco tiempo realice poco más de 300 dibujos. Pero mi deseo era que Kagemusha se convirtiera en película”
Akira Kurosawa sobre Kagemusha.
Kurosawa, el mítico realizador japonés, llegaba a 1980 con un periodo infértil, una enorme depresión y una épica que estaba por no concretarse. Pero el emperador japonés recibió ayuda extranjera y término su tercera película a color: Kagemusha.
La palabra japonesa kagemusha se refiere a un señuelo político, al hombre que es elegido para suplantar a un mandatario, usado antiguamente en los tiempos de guerra cuando un dignatario perecía.
En este caso Kagemusha (La Sombra Del Guerrero, título en español) nos narra como Shingen Takeda, un señor feudal japonés del siglo XVI, cae en batalla y es usurpado por un vulgar ladrón, justo en el momento en que está por ser el mandamás de la nación nipona. Esta farsa generará intrigas, sensaciones encontradas y sobre todo un virtuoso uso del color por Kurosawa.
Akira Kurosawa es el mayor pilar del cine japonés, y es también uno de los mejores directores en la historia del cine. La obra de Kurosawa fue seguida devotamente por las jóvenes promesas del nuevo cine americano de los setenta como: Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, George Lucas, John Millius y Steven Spielberg. Y fue esa misma influencia la que le permitió realizar Kagemusha.
Era 1980 y Francis Ford Coppola había realizado ya cuatro excelentes películas: El Padrino, El Padrino Parte II, La Conversación y Apocalipsis Ahora, las cuales lo asentaban como uno de los mejores directores de su país. De la misma manera George Lucas se había abierto paso con las dos primeras partes de su saga espacial: Star Wars. Coppola y Lucas tenían a Hollywood a sus pies, podían pedir lo que quisieran y no les sería negado.
Entonces oyeron la historia de Kurosawa y Kagemusha, y de cómo Toho, la compañía que había prometido financiar el filme, no tenía el presupuesto suficiente para comenzar la filmación. “¿Kurosawa, el maestro del cine, no puede terminar su nuevo filme? ¡Eso es inadmisible!” pensaron Lucas y Coppola. Se acercaron a 20th Century Fox pidiendo apoyo para financiar el filme. La productora aceptó, como un favor a Lucas, y Kurosawa pudo comenzar a crear Kagemusha.
El Arte de La Resignación
El doble de Takeda está teniendo una noche difícil. Suda a borbotones, su corazón palpita violento. De pronto se encuentra allí, en ese atardecer impresionista, sobre el suelo blanco, a la orilla del lago negruzco… la vasija se ha roto y Takeda, el verdadero señor feudal, aparece frente a su doble.
El silencio es angustiante, el ladrón convertido en señor huye de aquél que intenta usurpar. Takeda da media vuelta y se aleja, indiferente de su imitador. Pero él, el imitador quiere respuestas y persigue al señor, sólo para retroceder, y entrar al lago negruzco que no es más que un charco superficial.
El doble despierta asustado, los guardias aparecen ante él, y preguntan ”¿Qué sucede?”, el aturdido kagemusha responde “Un sueño. Un millón de enemigos me rodeaban”.
Esta magistral escena onírica es el estandarte de la montaña visual que es Kagemusha.
La fotografía Takao Saito y Masaharu Ueda (frecuentes colaboradores del japonés en su última etapa) y la visión de Akira son exaltados en escenas cardinales del filme, tales como: La corrida del guerrero enlodado, las puestas de sol antes de episodios bélicos y la muerte del doble en el campo de batalla inundado de cadavéres guerreros.
Toda esta puesta escena se debe a la resignación de Kurosawa ante la inminente cancelación de su proyecto, la cual provocó que ocupara su tiempo libre en realizar su storyboard con acuarelas. Esas bellas pinturas se convirtieron en majestuosas tomas.
Kurosawa expresó: “Aunque la idea de no filmar la película me parecía insoportable quería que la gente viera las imágenes que tenía en la mente, por eso decidí dibujar esas imágenes”.
Akira Kurosawa, en el invierno de su arte, nos regaló una pieza fílmica de gran manufactura (se alzó con la Palma De Oro en el Festival de Cannes de 1980) que más allá de la acción bélica retrató la terrible condición humana que toma y despoja a sus semejantes sin remordimiento.
Sin duda alguna, los colores de Kurosawa plasmados en el lienzo de celuloide son el testamento de su inmortal genio.
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